Trece años. Un traje quemado. Dos lunas donde debería haber una. Despiertas solo en un planeta que no conoces y solo tienes hasta el anochecer para conseguir agua, fuego y un techo. Lo que venga después depende de ti.
La primera hora es pura supervivencia: talar, picar piedra, beber de un lago, fabricar un hacha y una lanza, encender una fogata antes de que caiga la noche. Kaelis no es hostil por maldad: es hostil porque todavía no sabes nada.
Después llega lo otro. Una aldea con gente que te encarga trabajos, comerciantes que cambian cosas simples por cosas buenas, ruinas de una civilización que desapareció hace miles de años, y un poder que despierta dentro de ti la noche en que el frío casi te mata.
Nada de decorados. Los animales cazan entre ellos, el fuego se apaga con la lluvia, los monstruos se cansan de perseguirte y una inteligencia vigila cómo juegas para ponerte el problema justo que te falta.
Hambre, sed, frío y resistencia. De noche baja la temperatura y sin fuego ni refugio no llegas al amanecer. El agua se bebe del lago; la comida se caza, se pesca o se recoge.
Fogata, refugio, casa de madera, mesa de trabajo, trampas, empalizadas y almacenes. Todo con materiales que sacas tú, y todo con una función real.
Mutantes de tres ojos y alienígenas de caparazón negro con mandíbula interior. Cada uno tiene su punto débil y el juego te lo dice en pantalla. Y sí: se puede huir.
Lanza, arco de mano, pistola, escopeta y ametralladora. Cada disparo puede fallar, con la bala volando de verdad. Patrullas armadas te buscan y sueltan munición al caer.
Aparece cuando la llamas. Casco, acelerador, saltos, derrapes y suspensión que se hunde al aterrizar. A 68 km/h por el bosque, con el riesgo que eso tiene.
El pulso de energía es solo el principio. Cuesta energía, nunca es infinito, y decidir cuándo usarlo es media pelea.
Cada misión da monedas que caen del cielo. Se gastan hablando: escribes «véndeme un hacha» y el aldeano te entiende, te lo cobra y te lo da.
Caña de pescar con su momento de tensión, carne asada en la fogata, trampas que cazan solas mientras exploras.
Amanece, anochece, llueve y truena. La tormenta apaga tu fogata si no la alimentas, y de noche salen cosas que de día no están.
Kaelis está llena de ruinas, máquinas dormidas y cápsulas con gente dentro. Todos llegaron como tú: un destello y de pronto otro mundo. Nadie recuerda cómo.
Sobrevivir la primera noche. Aprender que el fuego es la diferencia entre ver el amanecer o no verlo. Y descubrir que algo dentro de ti responde.
Una transmisión que se repite. Las primeras ruinas. Los primeros supervivientes. Tu campamento empieza a ser una aldea.
La verdad: el planeta es un vivero. Alguien recoge civilizaciones al borde de la extinción y las pone a prueba. Tú eres un candidato.
Heredar el planeta, despertar a los demás candidatos o apagar el ciclo para siempre. Tres finales, y ninguno cierra el juego.
Si uno tala un árbol, desaparece para todos. La fogata que levanta uno la usan todos. Compartís la hora del día, las tormentas y los monstruos, y el botín se lo lleva quien da el golpe final.
Podéis hablaros por chat escrito, hablar por voz con el micrófono, regalaros monedas, compraros cosas entre vosotros y, si os apetece, pelearos. Cada jugador lleva un halo de color y su nombre encima para no confundirse.
Descarga el juego y el archivo servidor.js, ponlos en la
misma carpeta.
Abre una terminal ahí y escribe node servidor.js.
Te da dos direcciones. Tú entras por la primera; los demás, desde el mismo wifi, por la de los números.
Ya está. Hasta ocho personas en el mismo planeta.
Sin descargas, sin cuentas, sin pagar. Abres el enlace, eliges idioma, escribes tu nombre y ya estás en Kaelis.